El sistema financiero está en manos de Alemania, pero el futuro de España sigue perteneciendo a sus ciudadanos
19 de Julio de 2012
Alemania decide hoy en su Parlamento si aprueba o no el rescate a la banca española. Ayer, el Ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, dejó claro que España tendrá que responder del dinero que se preste a sus bancos. Es una decisión equivocada, porque impide romper el círculo vicioso de una deuda soberana poco fiable en manos de un sistema financiero cuestionado cuyo principal accionista es precisamente un Estado con serios problemas de financiación. Sin duda, al Gobierno alemán le influyen sus expectativas electorales, pero ninguna lección puede recibir desde nuestro país. Son precisamente los intereses particulares de los grandes partidos y de sus socios nacionalistas los que nos han llevado a esta situación.
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Los españoles son europeístas, y el Gobierno hubiera podido ceder soberanía voluntariamente para contribuir a la formación de una Unión Europea más fuerte, más democrática y más justa. Pero España no ha cedido soberanía: la ha malvendido a cambio de una ayuda financiera que no hubiera sido necesaria de hacerse las cosas bien. Los últimos gobiernos españoles han dilapidado el crédito nacional (en más de un sentido) con sus prejuicios y su incapacidad para llevar a cabo las reformas fundamentales, hasta el punto de que el país está intervenido de facto. A día de hoy, no han sido capaces ni siquiera de hacer un diagnóstico certero de la situación: el modelo de Estado sigue siendo incuestionable para ellos, al menos públicamente. Pues bien, empiezan a quedarse solos. Conservan la legitimidad democrática, pero la desconexión entre ellos y los ciudadanos se está convirtiendo en un serio problema.
El Gobierno ha agotado su credibilidad en seis meses, y ya nadie lo cree capaz de revertir la situación. Si no han podido articular un discurso coherente y esperanzador (esperanzador por coherente), es porque ellos mismos no ven la salida del tunel. Han descartado las propuestas de refundar el Estado hechas por Unión Progreso y Democracia como excentricidades. Esa miopía nos ha llevado a donde estamos. La cuestión en los próximos meses ya no será si hay o no que refundar el Estado, sino cómo se hace. Una parte del malestar social se convertirá en gritos y violencia anti-sistema, pero la inmensa mayoría de los españoles sabe que el problema no es el sistema democrático, sino lo que los grandes partidos han hecho con él. Se puede y se debe reformar, y eso no nos lo van a hacer desde fuera.