El voto en blanco de Gorka Maneiro en la constitución de la Mesa del Parlamento vasco colea y sin duda coleará largo tiempo; mucho me temo que pase a ser parte de nuestra leyenda, en su versión blanca y en la negra. En fin, son riesgos que siempre se corren al tratar de hacer las cosas de otro modo, por ejemplo tratando de ser coherentes con las promesas electorales, esa hojarasca. Nos hemos comprometido a no votar a favor ni en contra del nombre o del partido que presente una propuesta, sino la propuesta misma en función de su valor político. Todo el mundo aplaude esto aunque muchos dudan o se lo toman con sorna, pero cuando lo llevas a la práctica… ¡ay!: alguno que aplaudía se le congela el gesto de palmero en el aire; algunos dubitativos se ven confirmados en sus peores temores –“estos van de originales y de ir siempre a contracorriente…”, rumian-; y la mayoría de los que se lo tomaban a chacota tratan de llevar al asunto al terreno del pleno cachondeo. En fin, el ruedo ibérico de siempre, con sus miserias. Nada nuevo bajo el sol.
Si en la candidatura de Arantza Quiroga a la presidencia del Parlamento Vasco no había nada que no fuera sino puro gesto, porque si había alguna propuesta política nadie se dignó trasladárnosla (¿y debemos considerarlo normal?) ¿había, pues, que unirse al gesto y renunciar al compromiso político de exigir compromisos? Sin duda es opinable, aunque ya he expuesto mi opinión en sentido contrario. Un amigo admirado me manda un mensaje que le da esta vuelta al asunto: “aunque hayáis tenido muy buenas razones para el voto en blanco, y este sólo sea simbólico, sucede que la gente a menudo se queda únicamente con el símbolo y le dan exactamente igual las razones; me temo que pocos las entiendan”. Bien pudiera ser y sin duda es así en muchos casos, dada la impermeabilidad de tantos a cualquier cosa que exija un mínimo esfuerzo cogitativo. Pero también hay muchos que están esperando que alguien se empeñe en devolver la política a la racionalidad, rescatándola de su extravío actual entre el sentimentalismo cínico del zapaterismo y el desistimiento conservador sin horizonte, pura adaptación a lo que hay, del peperismo marianista. Desde luego, uno pone todas sus esperanzas en esa clase de personas que prefieren las razones a los gestos sentimentales.
Un símbolo es algo que se pone en lugar de otra cosa, a la que simboliza: el famoso ejemplo de la bandera por el país, o del nombre por la persona. Un voto en blanco en esas circunstancias es, ciertamente, un símbolo, ¿pero qué nombra?: pues la esperanza de una política que no es sectaria, ni da cheques en blanco, pide razones, propone compromisos y exige respeto a los ciudadanos. La que queremos hacer. A esta declaración de intenciones que anuncia dificultades en próximas votaciones puede contraponerse la fe en que Patxi López no gobernará como Zapatero, Montilla, Antich o Feijóo. Fe en que, a diferencia de éstos, López impulsará reformas legales para garantizar la libertad de elección de lengua y la ausencia de discriminación por este motivo, o convertirá la EITB en una televisión decente, o creará una administración transparente y pública, o mejorará la educación. Lo contrario, repito, de lo que según vemos todos los días, hacen sus compañeros de partido en el conjunto de España y en algunas de sus comunidades de más peso. ¿Por qué deberíamos creer que hará otra cosa si es del mismo partido? ¿O esto ya no significa nada?
Fe: no creer en lo que se está viendo y creer, en cambio, en cosas invisibles. Esa clase de fe es también un símbolo, y en este caso simboliza el retroceso de la racionalidad política y la entrega a ilusiones sin fundamento empírico o conceptual alguno. Pues vale: aquí será diferente porque lo deseamos mucho, con los ojos cerrados y apretando los puños. Pero me apuesto algo con quien quiera a que antes de seis meses estamos contando, también, cuántas proposiciones, iniciativas legislativas, mociones y demás presentadas por UPyD en Vitoria son rechazadas, sin tomarlas en consideración, por los votos socialistas y nacionalistas. Iniciativas –como las que Rosa Díez presenta en el Congreso y son rechazadas sistemáticamente una y otra vez por la alianza PSOE-nacionalistas, y muchas veces ignoradas por los medios de comunicación- referentes a garantías políticas reales para la mejora de la educación, la reforma de la administración, la lucha contra la crisis económica, la libertad de elección lingüística y docenas de cosas más de las que lo más probable es que pocos medios informen como es debido. Y es probable que el PP apoye ese voto en contra o se abstenga, no para pagarnos la nuestra el día de Arantza Quiroga –es el Cambio encarnado, claman con aleluyas los medios de la derecha-, sino por un pacto de legislatura que les pone muy difícil votar contra un gobierno que, en cambio, se ha asegurado manos libres para pactar con los nacionalistas. Y entonces todo el que se atenga a razones entenderá, si quiere, por qué votamos en blanco ciertos días memorables. Salvo cambio espectacular que celebraremos como es debido: apoyándolo. Si es un cambio a mejor, claro.