|
Que el candidato Rodríguez Zapatero necesite el triple de tiempo que la diputada Rosa Díez para desmontar la argumentación de ésta, por lo demás sencilla y transparente, y por lo demás sin conseguirlo en absoluto, es el mejor exponente del mal más severo de nuestra democracia: la promoción de los menos dotados en virtudes políticas a los más altos puestos. No digo que no sean personas excelentes en otros aspectos importantes de la existencia –padres, amantes, cocineros…- pero, como “políticos” resultan, cuando menos, patéticos. Porque sólo se puede denominar patetismo a la argucia de sustituir ideas y argumentos bien trabajados por gesticulaciones que resultan o bien sentimentales o bien prepotentes. Este es el argumento final, el último cañón del rey: 169 señorías perfectamente alineadas y domadas. Y usted –Rosa- es una sola.
Pues sí. Una piragua en medio de las dos flotas gigantescas que se cañonean con estruendo.
No es fácil hacerse oír entre 349 señorías bastante mal educadas: no es que susurren, es que peroran en alta voz con el vecino de tres filas más arriba; doy fe: hasta los ujieres peroran de sus cosas para que se enteren bien las visitas invitadas, que tienen prohibido hacerse notar. Uno se instala en los exiguos asientos de la tribuna de invitados con la intención de escuchar en directo a sus señorías, y haría mejor en llevarse la radio. Por lo demás, se comprueba in situ que sus señorías se han convertido, en los grandes grupos, en palmeros bien entrenados que responden pavlovianamente al estímulo del jefe de filas: ahora toca aplaudir, ahora reír la gracia del jefe. Sólo entonces se consigue el silencio, cuando todos están atentos a la señal. Por eso mismo llama la atención el hecho inusual de que el discurso de una diputada sola, de apenas 12 minutos de duración, fuera poco a poco ganándose un silencio expectante entre las parlanchinas bancadas, hostiles o indiferentes. Y que Zapatero dedicara a esos doce minutos más de cuarenta de réplica permite sostener que la pequeña piragua colada entre los colosos ha dado en el blanco con su artillería de ideas.
Zapatero se enfrenta muy raramente a una discusión de ideas. Las zapatiestas con el PP suelen limitarse a dimes y diretes sobre quién dijo o dejó de decir, y cuándo y por qué. Los nacionalistas sacan a pasear sus listados de agravios y reclamaciones, y la menguante IU sus proclamas y lamentos. Pero ideas, en sí mismas y desnudas, son raras en los debates parlamentarios. Por ejemplo, la afirmación de que la función del Estado democrático es asegurar la igualdad y libertad de los ciudadanos. Y de que el carácter centralizado o descentralizado de su administración no garantiza, ni lo contrario, una ciudadanía más libre o igualitaria. Francia y Alemania tienen, sin ir más lejos, sistemas divergentes en este sentido: una república fuertemente unitaria y un sistema federal. Sin embargo, nadie en sus cabales diría que los ciudadanos alemanes disfrutan de mayores derechos políticos que los franceses por el hecho de vivir en un Estado federal en lugar de en uno centralizado. Una distinción importante que, sin embargo, brilla por su ausencia en el autobombo patrio sobre la maravilla del Estado de las autonomías.
La argumentación que siguió Zapatero en su contraataque siguió una triple línea: primero, el PSOE, y su gobierno, es quien más ha hecho por la igualdad, que goza de magnífica salud; segundo, UPyD es un partido centralista que no comprende el gigantesco paso democrático significado por el Estado de las Autonomías; tercero, las críticas a las políticas lingüísticas ignoran que el castellano ya está suficientemente defendido por su carácter de lengua dominante en la sociedad española, y además las lenguas propias son una inconmensurable riqueza y patrimonio cultural. Esto, en cuarenta y pico confusos minutos. Así pues, nuestra crítica al retroceso constante de la igualdad de los ciudadanos ha dado en el blanco y obliga a Zapatero a ponerse a la defensiva. Por lo demás, el zapaterismo ha asumido una concepción feudal de la política en la que son los territorios, y no los ciudadanos, los portadores de derechos, los sujetos de igualdad y autonomía política. El PSOE confía en seguir arañando votos a los partidos nacionalistas y regionalistas asumiendo su nacionalismo cultural, defendiendo la política lingüística discriminatoria en beneficio de las supuestas “lenguas propias”. Es la panoplia ideológica de una izquierda conservadora, reaccionaria. Todo lo izquierda que se quiera, pero concentrada en la defensa del particularismo sobre lo universal, convencida de la supremacía y la prioridad de la tierra y las identidades míticas, o los simples cuentos, sobre las personas. Pura reacción. Puede que al PSOE le vaya bien con esa estrategia, pero desde luego no nos irá mejor a los ciudadanos, sino bastante peor.
Considerando semejante discurso no resulta extraño que el PP no sepa muy bien cómo hacerle frente con éxito: ¡es clavado al de la derecha en sus grandes líneas! Y claro, cuanta menos diferencia de fondo hay, más sectarismo y agresividad con el otro hay que poner en juego para fingir una enorme diferencia.
|