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Militante A: Se me ha ocurrido una nueva interpretación de los resultados de las últimas elecciones.
Militante B: ¡No me la expliques, por favor! Hace ya varias semanas que se agotó mi capacidad de soportar más interpretaciones de los resultados electorales.
A: Y entonces, ¿qué sugieres que hagamos?
B: Sugiero que apliquemos el consejo que le daba James Joyce a un pesado que pretendía volver a explicarle los problemas nacionales de Irlanda: “No podemos cambiar de país, cambiemos de conversación”.
A: Vale, listo. Pues tú me dirás sobre qué quieres hablar.
B: Quiero saber tu opinión sobre una pregunta que me hizo el otro ida Zutana Pérez.
A: ¿Zutana? ¿Esa chica que es economista y nos llamó la atención durante la campaña electoral por el entusiasmo y el tiempo que dedicó a repartir propaganda?
B: La misma. Hace unos días me llamó para tomar unas cañas. Yo acepté encantado, recordarás lo buena que está.
A: Lo recuerdo, lo recuerdo.
B: Pensé que ya había ligado. Pues no. Lo que quería era contarme lo mal que se lleva con su jefe y las ganas que tiene de largarse de la empresa. Y después me preguntó a bocajarro si podría contar con mi apoyo en caso de que decidiera ofrecerse al partido como candidata en las próximas elecciones europeas. ¿Qué te parece?
A: Me parece realmente lamentable que lo que le interesase de ti fuera tu apoyo.
B: No me refería a eso, payaso. Me refería a qué te parece el que alguien se meta en un partido como el nuestro con la intención de llegar a conseguir un puesto en el Parlamento Europeo.
A: Me parece normal, creo que habrá bastantes casos semejantes. Y otros pretenderán llegar a concejales de su Ayuntamiento o soñarán con ser ministros en el primer gobierno que forme nuestro partido (cosa que, según mis estimaciones, seguramente ocurrirá en el 2016).
B: Pero, ¿qué dices? ¿Tú crees que realmente hay quien se mete en un partido como el nuestro con la intención de llegar a conseguir un cargo?
A: Hombre, lo que me parecería difícil de creer sería que alguien dedicase su tiempo y su energía a trabajar en un partido político por puro interés en el debate ideológico y aun más puro amor al pueblo. Aparte de la Espe, claro.
B: Ya. Tú eres uno de esos cínicos que se niegan a creer en la existencia del altruismo.
A: No exactamente. Yo en este tema soy bastante savateriano. Y Savater escribió hace años un libro que se titula Ética como amor propio.
B: No lo conozco. ¿De qué va?
A: Bueno, hace bastante que lo leí. Pero lo que recuerdo es que criticaba la dicotomía altruismo-egoísmo, apuntaba la tesis de que el llamado “altruismo” suele ser en el fondo egoísmo disimulado o inconsciente de sí mismo y proponía que se hablase más bien de la dicotomía entre egoísmo necio y egoísmo inteligente.
B: Suena muy savatérico. Creo que podría adivinar la diferencia.
A: No es difícil, hasta tú podrías ser capaz de hacerlo. El egoísta inteligente es el que logra ayudar a los demás beneficiándose a la vez a sí mismo y el egoísta necio es que intenta beneficiarse a sí mismo perjudicando a los demás; logra generalmente lo segundo, pero en muchas ocasiones consigue además perjudicarse él también.
B: De lo cual deduzco que no te parece mal que nuestra amiga Zutana quiera ser diputada en Bruselas.
A: No me parece mal en absoluto. Lo que me gustaría sería saber es si Zutana quiere ser diputada para satisfacer sus ambiciones profesionales haciendo a la vez un buen trabajo al servicio de sus votantes o si quiere serlo para satisfacer sus deseos personales aprovechando de paso para forrarse a costa del contribuyente.
B: ¿Y eso lo aplicarías a todos los políticos?
A: A todos. Y al resto de los ciudadanos. El que un político profesional quiera llegar a ser el líder de su partido o el presidente del Gobierno de su país me parece tan lógico, tan sano y tan tonificante como el que un investigador científico pretenda descubrir la curación del sida o el que un escritor quiera ganar el premio Nobel de Literatura. Reformulando un poco lo que decía en 1714 Mandeville (que los vicios privados son fundamento del beneficio público) (1), pienso que la mejor fórmula es que los deseos privados confluyan con los intereses públicos. Incluso un idealista como Santiago Ramón y Cajal reconocía: “El sabio posee mentalidad eminentemente aristocrática. ¡Los que le conocen únicamente por sus obras creen —inocentes— que trabaja para la Humanidad! ¡No tal: labora para su orgullo! El investigador ama el progreso... hecho por él” (2). Yo creo que es bueno, e incluso necesario, que un político quiera realizar sus ambiciones personales. Lo que me preocupa es saber si quiere realizarlas haciendo lo que hizo Adolfo Suárez o haciendo lo que hizo Pinochet.
B: De modo que, en tu opinión, todos los militantes de nuestro partido (y, desde luego, los de los partidos viejos) estarían tratando de satisfacer sus ambiciones profesionales, económicas o narcisistas y eso te parece bueno para el partido y para el país.
A: Sí, pero no sólo las ambiciones profesionales, económicas o narcisistas. Pienso que algunos pueden tener otros tipos de motivaciones, igual de legítimas pero también igual de egoístas, en el noble sentido savateriano del término.
B: Pues, ahora que lo pienso, me parece que tienes razón.
A: ¡Bravo! Progresas adecuadamente. A ver si eres capaz de darme algún ejemplo de tu propia cosecha.
B: Pues mira, cuando fuimos a echar una mano en las actividades de la campaña electoral me llamó la atención la cantidad de tiempo libre que tenían muchos de nuestros compañeros, su disponibilidad para irse a tomar copas, sus escasas ganas de volver a casa por la noche y el interés que muchos de ellos mostraban por, digamos, “conocer gente”. Tras estas observaciones, no me sorprendió nada comprobar el elevado porcentaje de solteros y divorciados recientes que hay en nuestra militancia.
A: ¡Coño! Pero si ese es precisamente mi caso.
B: ¡No me digas! ¡Nunca me lo hubiera imaginado!
Notas:
(1) Bernard de Mandeville: Fábula de las abejas o los vicios privados hacen la prosperidad pública. México, Fondo de Cultura Económica, 1982.
(2) Santiago Ramón y Cajal, citado en: Laín Entralgo, P.: Escritos sobre Cajal, Madrid, Editorial Triacastela, 2008, p. 112.
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