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Al año de su estallido, la crisis, que muchos no dudan ya en calificarla como la crisis más grave que ha conocido el mundo capitalista desde el crack del 29, nos obliga a tener una perspectiva global de ella, a saber que España es un escenario particularmente adverso y, lo que es más importante, a ser capaces de dotarnos de una respuesta, analizando las existentes, que defienda los intereses de los ciudadanos de a pie. A ello queremos dedicarle tres artículos sucesivos.
Por más cortinas de humo y medias verdades (o medias mentiras, que para el caso tanto da) que traten de lanzar sobre el origen y las razones últimas de la crisis, la realidad es que éstas hay que buscarlas en una única causa: la búsqueda de la máxima tasa de ganancia por parte del gran capital financiero internacional.
La masiva concentración de capitales en torno al mercado inmobiliario y los derivados financieros asociados a éste iniciado en 2002, al llegar a 2007 ha dado lugar a una superproducción de capitales, fuerzas productivas y mercancías en estos dos sectores. El histórico descenso en los tipos de interés al que se cobraba el dinero en aquellos años -descenso decretado por la Reserva Federal norteamericana tras los atentados del 11-S, y seguida posteriormente por todos los grandes bancos centrales- provocó que una gran masa de capitales se concentraran en el mercado inmobiliario, el mercado capaz de rendir las mayores tasas de ganancia en aquellas condiciones.
Pero esto todavía no era suficiente para la voracidad del gran capital financiero. Había que explotar al máximo “la gallina de los huevos de oro” en que se había convertido el mercado inmobiliario, sacarle más rentabilidad, extraerle hasta la última gota de beneficio posible. Y entonces idearon un sistema gracias al cual se estableció una íntima relación entre el mercado inmobiliario y el mercado financiero, que permitió que la alta tasa de ganancia que ofrecía un mercado inmobiliario en expansión se multiplicara utilizando el valor de la deuda hipotecaria como garantía para la obtención de nuevo capital.
La gran banca prestaba dinero a manos llenas a particulares y empresas. Con los valores acreditativos de esas deudas sacaban nuevos productos financieros que vendían con la promesa de un interés más alto del que ellos estaban cobrando, lo cual les permitía acumular más y más capital. Infinidad de capitales, tanto de particulares como de grupos inversores o institucionales –se calcula que sólo el Tesoro y los bancos de China, Rusia y Japón tienen invertidos 400, 200 y 150 mil millones de dólares respectivamente en el mercado financiero secundario de deuda hipotecaria norteamericana- acudieron a su llamamiento.
Un sistema que podía funcionar, y que de hecho funcionó, mientras no se rompiera la cadena de operaciones, mientras pudiese conseguirse nuevo capital con el que seguir alimentando el mercado hipotecario. Pero, como ocurre siempre en el capitalismo, la capacidad de consumo de un mercado, de cualquier mercado, tiene un límite a partir del cual los fundamentos mismos del capitalismo entran en colisión con él. Justo en el momento en que la ultraconcentración de capitales ha dado lugar a una situación de superproducción a partir de la cual la tasa de ganancia empieza a decrecer de forma cada vez más acelerada. La acumulación de impagos en las hipotecas de alto riesgo, concedidas a personas y familias que no reunían los requisitos de solvencia mínimos para afrontar unas deudas hipotecarias de ese volumen quebró la cadena y precipitó la crisis.
Inmediatamente, la misma dinámica del sistema creado provocó que el estallido de la crisis en torno a las hipotecas “subprime” norteamericanas se trasladara súbitamente al sistema bancario y financiero internacional. La crisis inmobiliaria se tradujo entonces en una crisis de liquidez y de crédito. La cadena de circulación del capital financiero pasó a romperse por su eslabón más débil (las hipotecas de alto riesgo), precipitando así al conjunto del sistema bancario de las principales economías del mundo a una crisis general.
Esta relación particular creada en estos años entre el mercado inmobiliario y el mercado bancario y financiero internacional es la clave que explica tanto la celeridad como la profundidad de una crisis que muchos definen ya como la más importante en la historia del capitalismo tras el crack de 1929. Todo el sistema bancario de los principales países desarrollados –el verdadero corazón de los capitales financieros oligárquicos que los dominan- está hoy puesto en cuestión. Ahora, la mayoría deben dedicar buena parte de su capital a tapar las deudas y agujeros creados por el derrumbe del sistema de ingeniería financiera creado por ellos mismos. Y al resultar todavía insuficiente, deben ampliar su base de capital, retirándolo del mercado.
Desde el sistema bancario, y pese a los denodados esfuerzos de los bancos centrales que llevan inyectados ya más de un billón de euros en él, era forzoso que la crisis empezara a extenderse al resto de sectores de la economía productiva pro una concatenación de efectos inevitables.
En primer lugar por la restricción del crédito a empresas y particulares. No es, como afirman medios de comunicación y expertos al uso, que exista un problema de desconfianza. Lo que hay es la necesidad por parte del gran capital bancario de disponer para sí mismo de la mayor parte de los recursos de capital existente en el mercado. Y ya se sabe que donde hay capitán no manda marinero. Lo cual se traduce en un corte radical de la disposición de dinero líquido para los particulares y la pequeña y mediana empresa, y una financiación mucho más selectiva, restrictiva y en condiciones más difíciles para el resto de grandes empresas. Lo cual implica, a su vez, una caída o ralentización de la inversión, de la formación de nuevo capital y de desarrollo de las fuerzas productivas.
En segundo lugar, este mismo hecho lleva a un notable descenso del consumo al haber menos posibilidad de dinero en el bolsillo de las familias y las empresas. Y eso se convierte ipso facto en un estancamiento en el crecimiento de las economías desarrolladas, donde el consumo supone más de los dos tercios del PIB.
El tercer efecto está siendo la subida del precio de las materias primas, convertidas en valores-refugio para muchos de los grandes capitales huidos en estampida del mercado inmobiliario y sus derivados financieros. Una subida que no hace más que alimentar y amplificar los peores efectos de la crisis. |