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BEA

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Mayka Paniagua

9 de agosto de 2008

 

A veces, el mar consigue hacerte olvidar la realidad hasta que, ésta, llega y te da una bofeteada. Beatriz falleció el pasado 30 de julio. Su muerte golpeó, duramente, a sus compañeros. Sus escritos de quejas y rabia han llegado a mí por varios cauces pidiendo un espacio para contar , dicen, de la verdad y no he tenido más remedio que coger la pluma para escribir de la realidad.

La muerte de Beatriz no fue en un tiroteo o en una persecución. Simplemente, se cayó del caballo en el que entrenaba. Bea era policía. Una policía por vocación que, además, tenía la suerte de estar destinada en la unidad de caballería de la Policía Nacional. Montar a caballo era una de sus aficiones. Así es que Bea lograba cumplir a diario con dos sueños: trabajar en lo que le gustaba y hacerlo montando a caballo.

Aquel miércoles Bea montaba a River Plate. No llevaba casco, y no por que no quisiera ni porque se negara. Simplemente, no lo tenía. Ni el homologado, ni ningún otro. Tampoco los compañeros que iban con ella. Ningún jefe les amonestaría por ello. Ninguno de sus superiores podría obligarles a ponérselo porque no los había.

Tocaba retirada y la unidad retomó el camino de vuelta a base. La base, en cuestión, se trata de una vieja y gran nave situada en la Casa Campo de Madrid que comparten los agentes de esta unidad con los Alazanes, la unidad de motoristas del cuerpo nacional de Policía. River Plate se resiste a regresar; está nervioso y se lo pone difícil a la joven. El caballo “se aprieta y se revoluciona”, cuenta un compañero de 'la amazona' que cae al suelo golpeándose la cabeza. Beatriz está inconsciente, pero la presencia de una ambulancia en la base por otros motivos facilita su traslado al hospital Clínico. La agente ingresa en estado grave. Según el relato que nos describen sus compañeros: “los jefes se encontraban en la sede para asistir a la clausura del curso de acceso, se les informa de lo ocurrido, pero no cancelan el evento. En el hospital, los compañeros llegan poco a poco. Pasan las horas y aparecen los “primeros jefazos” preocupándose por el estado de la agente y 'para limpiar su conciencia'.

En ese momento, la doctora hace la pregunta clave: “esta gente, ¿no lleva casco?”. Los agentes miran a los jefes que, según cuentan “se miran, sudan y no atinan a contestar. Sólo dicen: 'estamos en ello'. Y se van. A Beatriz la operan de urgencia, pero empeora. Le da un infarto cerebral, pero aguanta...hasta que no puede más”.

Hasta la muerte de Bea ningún otro agente de esta unidad había perdido la vida en circunstancias similares. Sus compañeros se duelen. Se duelen de que Beatriz haya muerto por una negligencia disfrazada de falta de presupuesto.. Y enumeran su realidad diaria: “El Reglamento dice que las unidades deben estar equipadas con la uniformidad obligatoria. Nuestro uniforme, sin embargo, se compone de botas de plástico y, si hay suerte o dinero, nos las cambian por otras de piel en el primer año. Dos pantalones, también si hay suerte y si te valen. Lo mismo que las camisas de invierno. No hay de verano, aunque algunos heredaron alguna de compañeros jubilados o de los que se han trasladado a otra unidad. También debemos llevar espuelas, gorra, capa de lluvia, chaleco reflectante, mono, emblemas, casco antidisturbios -que no para montar-, y, como digo, heredado de otros compañeros”. No importa las manos -o, mejor dicho, cabezas-, por las que haya pasado. Y no hablemos de la montura. Los caballos de esta empresa o son demasiado viejos, otros están locos sin más o enfermos y, los que quedan, los recién llegados domados en poco tiempo o se asustan de su propia sombra. Por no hablar de las monturas: recicladas, rotas, gastadas....asquerosas”

Sin embargo, a estas horas, fuentes policiales confirman que se ha dado la orden urgente de encargar 200 cascos para los agentes a caballo. Reiteradas peticiones internas y una demanda judicial por incumplir la Ley de Riesgos Laborales no bastaron. Fue el mortal accidente que se llevó la vida de Beatriz, lo que finalmente dejó en evidencia lo que siempre debió ser evidente.
La realidad, como dije, siempre te abofetea cuando menos lo esperas.

 

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