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La izquierda conservadora (PSOE e IU, para entendernos) anda estos días a la greña con los obispos, por una parte (éstos lo ponen tan fácil), y por otra entre ellos, a propósito de la sinceridad del laicismo socialista. Leo por ahí que Llamazares reprocha a Zapatero haber sido “seudolaico” durante la legislatura para disfrazarse de laico en campaña. Me asombra, porque el programa socialista no incluye ninguna medida real de laicización del Estado. Interesante ausencia que indica a la claras que el problema es otro: ni Llamazares ni Zapatero saben de qué va eso del laicismo, que identifican claramente como una variedad de anticlericalismo más o menos fogoso y siempre impostado. De hecho, ellos son bastante curas en los sentidos menos positivos del término.
Hay otro dato de interés que revela lo lejos que está el PSOE de una verdadera actitud laica consecuente, pese a los celos de Llamazares. Y es que la petición del consejo de entidades islámicas españolas para que los musulmanes voten al PSOE no ha sido rechazada por este partido, sino recibida con alborozo, como una especie de certificado de progresismo.
Pero las razones para criticar a la Conferencia Episcopal por meterse a recomendar el voto a los católicos no sólo son las mismas en el caso de los musulmanes, sino mayores, y me explico. Comparto la idea de que la Iglesia española está metida en un contraataque contra la laicización no tanto para convencer a los laicos de su presunto error como recuperar el papel de interlocutor político privilegiado con el poder al que renunció (o perdió) en bastante grado bajo el primado del cardenal Tarancón. Bueno, es eso: lucha por recuperar la influencia perdida.
¿Y los musulmanes? A diferencia de los católicos, ellos no han renunciado en ningún momento a identificar del modo más estrecho posible la comunidad religiosa con la política. Al contrario: la umma, la comunidad de los creyentes musulmanes (su Iglesia), es a la vez e inseparablemente comunidad religiosa y política. La separación de esferas, la secularización que en Occidente surge con fuerza en el siglo XVIII (aunque sea anterior como idea), no es de recibo en el Islam, aunque naturalmente los musulmanes fervorosos no tienen más remedio que aceptarla allí donde sean minoría. Por lo tanto, un partido realmente laico recibiría con preocupación esta preferencia de voto de la comunidad musulmana. Lo suyo sería responder cortésmente, agradeciendo el detalle pero explicando sin ambigüedad que, como partido laico, quiere reforzar la separación radical de la esfera privada o comunitaria de las creencias religiosas de aquella pública y estatal de las leyes y la decisión política.
¿Por qué no lo hace el PSOE?: porque no es un partido laico, sino anticlerical al casposo y viejo estilo –aunque un amigo jesuita de gran fuste intelectual me decía que el anticlericalismo no sólo es algo perfectamente legítimo, sino incluso muy necesario para la salud de la Iglesia-, incluso antirreligioso. En efecto, el PSOE acepta, sin discutirlas, situaciones y compromisos que nunca aceptaría un partido laico como el nuestro, a saber: que las relaciones necesarias de colaboración con la Iglesia tengan la forma impropia de un acuerdo internacional (el Concordato); que la Iglesia nombre profesores de religión que dan clases en centros públicos en situación de clara discriminación laboral y académica; y pacta con la Iglesia la introducción de clases de religión en horario escolar… y lo que es peor ¡pretende dar el mismo “derecho” a las demás confesiones religiosas, convirtiendo nuestras escuelas públicas en mezquitas, sinagogas e iglesias por horas! (que alguien intente lo contrario, y verá enseguida la diferencia).
Un verdadero partido laico jamás ofendería gratuitamente a la Iglesia –ni al Islam- ni insultaría a sus seguidores, sino que defendería su derecho a vivir en paz de acuerdo con sus creencias (siempre que no sean anticonstitucionales, como algunas islámicas, p.ej. el sometimiento de la mujer al hombre), bajo la protección activa de un Estado de derecho garante de la libertad de conciencia. Dicho de otra manera: un Estado laico como el que concebimos se afanaría en restaurar las catedrales para que clérigos y creyentes las usen sin que nadie perturbe su fe, pero no convertiría las aulas de enseñanza pública en catequesis, del mismo modo en que no pretendería que las parroquias sean guarderías infantiles los fines de semana. Es una exigencia del respeto ecuánime a la libertad de conciencia y a todas las creencias espirituales, incluyendo por supuesto las muy extendidas del agnosticismo, escepticismo y ateísmo: tan dignas de respeto y enseñanza como cualquiera. |