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Alfonso Sastre, enterrador.
Otra mala consecuencia del éxito y arraigo en el País Vasco de una sociedad parasitaria de fanáticos, partidarios del asesinato político como procedimiento óptimo para dirimir las diferencias –sí, el extremo del nacionalismo aglutinado por la sumisa y perruna admiración a ETA-, es que ha convertido nuestra tierra en lugar de peregrinación y refugio para todo tipo de españoles con complejo de serlo y ganas de hacerse perdonar el delito. He conocido castellanos, andaluces, madrileños, gallegos y en fin, gentes de toda procedencia peninsular pero parecida laña, categorizable por la conversión del odio como principal emoción política, que han pasado por Euskadi o se han avecindado definitivamente en cualquiera de sus pueblos, con preferencia los más comanches si se da la circunstancia de que, además, sea bonito, como pasa tantas veces.
La moda la inició un notable escritor nacido en Madrid y un tanto atrabiliario, curiosa mezcla de católico y republicano y confeso compañero de viaje de los comunistas, José Bergamín. Durante la Transición –esa que todavía no hemos pasado los vascos…-, Bergamín se estableció aquí. Disconforme con la forma que adoptó la instauración pactada de la democracia, partidario inflexible de la restauración de la II República como si aquí no hubiera pasado nada desde la represión de Casas Viejas, Bergamín buscó en el País Vasco refugio para su piterpanismo ideológico. Nuestro atormentado país de bolsillo le ofrecía ese aparente rescoldo de guerra civil dramatizado por el terrorismo de ETA y la brutal, por aquel entonces, represión policial. Aquí, en fin, había bombazos, tiroteos, asesinatos, mutilaciones, secuestros, torturas y desapariciones, además de huelgas, asambleas y manifestaciones airadas entre gases lacrimógenos y balas de gomas y algunas de verdad, imágenes de autenticidad revolucionaria que le negaba, a la sazón, un pacificado Madrid. De un exilio Bergamín saltó a otro, porque aseguraba que había elegido el País Vasco, y en éste al nacionalismo terrorista, porque le permitía estar en España sin estarlo realmente. En realidad era un exilio a la irracionalidad política y a la moral delirante, expuesto en colaboraciones de lírica escapista en Egin y en Punto y Hora de Euskal Herria. Aseguró que había elegido morir en un pueblo vasco “para no dar mis huesos a tierra española”. La abertzalada no cabía en sí de gozo y, tras fallecer en Fuenterrabía en 1983, HB le montó un funeral por todo lo alto, con el ataúd envuelto en la ikurriña.
Lo de Alfonso Sastre es más grave, y no porque siga coleando todavía (en Fuenterrabía u Hondarribia también, un pueblo de visita muy recomendable pese a cierta fauna local e invasora). Alfonso Sastre, otro madrileño -¿no es curioso este intercambio de vecinos entre Madrid y los vascos?-, firma sus artículos de Gara como dramaturgo. Pero hace tiempo que su única dramaturgia digna de consideración, que no de encomio, es la de palanganero del terrorismo etarra. En 1977 se estableció en Fuenterrabía con su mujer, Eva Forest, beneficiada por la Ley de Amnistía de ese año. Colaboradora de ETA a la que se supone implicada, y mucho, en el brutal atentado de la cafetería de la Calle del Correo, en Madrid (lógico que no quisiera volver…) Desde entonces se volcó en la colaboración con los distintos escaparates político de ETA, y cabe considerarle sin exageración un intelectual lírico de la banda.
En su último artículo, que comienza así: “Una entradilla de urgencia. Apenas terminado este artículo, se ha producido el último atentado -esta vez mortal- de ETA y las respuestas rituales del PSOE y el PP. Todo ello parece cerrar una vez más un círculo vicioso y acreditar que la paz en este país es definitivamente imposible”, y termina así: “si lo que deciden ustedes es aniquilar a una parte mayor o menor de nosotros en esas nuevas cámaras de gas inspiradas por ese personajillo, Iturgaiz. Entonces, ¡pobres de nosotros, pero también de ustedes!”, perora y divaga sobre la posible relación entre el buen lenguaje en prosa y la buena política (Castro y Chávez serían dos extraordinarios ejemplos de comunión de ambas cosas). Pero lo que importa de la pieza, capicúa, es el comienzo y el final, pues lo demás es relleno (y en vaya prosa, por cierto).
De todo esto nos importa lo que Sastre dice como político de Iniciativa Internacionalista, no como prosista. El artículo es una amenaza emitida en un periódico por el representante de una formación política –que el Constitucional autorizó al no ver pruebas suficientes de relación con ETA, criaturas-, relacionada con una banda terrorista, no el análisis o comentario más o menos patético, indecente o extraviado de un prosista, dramaturgo o poeta (como los artículos de Bergamín en Egin). Lo que ha publicado Gara es el mensaje de un enterrador manos a la obra, algo así como los dos peces envueltos en el periódico de El Padrino. Esperemos que alguien con poder para hacerlo tome cartas en el asunto. De lo contrario, tendrá razón Rosa al denunciar que si bien algo ha cambiado en el País Vasco (y en España), todavía no ha cambiado lo suficiente en relación con el terrorismo. |