| Del blog de Carlos Martínez Gorriarán | ||
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Carlos Martínez Gorriarán, responsable de Comunicación y Programa de UPyD |
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| 11 de junio de 2009 | ||
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Galeuscat es el nombre de la entidad política imaginaria formada por Galicia, Euskadi y Cataluña, como todos ustedes saben. Los nacionalistas visionarios que concibieron esa alianza separatista como una especie de posible confederación periférica de ayuda mutua opuesta a España, pretendieron aliar tres países que eran bastante distintos a comienzos del siglo XX. El caso es que, con el tiempo, la tal Galeuscat ha ido adquiriendo algunos rasgos en común. Se trata de un proceso muy reciente, derivado del éxito de la implantación del nacionalismo como fórmula política de referencia, y no sólo por la pujanza de los partidos propiamente nacionalistas, sino por la imitación de los que dicen no serlo: franquicias del PSOE, PP e IU. Eso ha convertido a las tres comunidades en territorios un tanto peculiares y con fenómenos convergentes hasta cierto grado. Por ejemplo, nosotros obtuvimos los peores resultados en las tres. ¿Por qué razón? Veamos algunas. Está, por supuesto, la pequeñez o debilidad o falta de homogeneidad, o de acierto,de nuestro pequeño y novel partido en esos tres territorios, a pesar de que UPyD naciera a iniciativa de unos cuantos vascos que teníamos muy claro que la fórmula sólo podía prosperar como partido nacional español desde el primer momento (es que sabíamos de qué iba esto, créanme). Pero hay factores de mayor peso que, además, influyen en que UPyD no haya despegado en las tres comunidades tanto como algunos creen que debía haberlo hecho ya, sea por ingenuidad o por audaz ignorancia de lo que está en juego. En primer lugar está la influencia contaminante del nacionalismo sobre las fuerzas políticas alternativas que respiren en sus dominios. Esta contaminación tiene dos formas: la impregnación que ha hecho del PSC otro partido nacionalista más, por ejemplo, o la reducción de toda política distinta a simple antinacionalismo. Esta segunda es tan mala a medio y largo plazo como la primera, aunque pueda entusiasmar en un primer momento. Un partido meramente antinacionalista está condenado no sólo a carecer de un proyecto político positivo merecedor de apoyo ciudadano a gran escala, sino que está condenado a quedar en partido local atado a los avatares del nacionalismo que denuncia, al modo en que el pequeño pez piloto sigue al tiburón del que se alimenta. Un efecto de simetría que conduce a la esterilidad a iniciativas políticas interesantes porque no son capaces de ver más lejos ni más a fondo de lo que vea su tiburón-guía. Añado que es una de las razones por las que UPyD se ha negado, y se negará previsiblemente mucho tiempo, a unirse a coaliciones de pequeños partidos definidos como antinacionalistas: es un viaje demasiado corto y a ninguna parte. Sería como fundar un “partido del no” definido por su antisocialismo o anticonservadurismo. Política reactiva sin capacidad de iniciativa ni otro proyecto que defender su Numancia particular, hasta que Escipión la conquiste o la mate de hambre. En segundo lugar sucede que, bajo la presión combinada del nacionalismo y del antinacionalismo, el votante gallego, vasco o catalán que se alinea en uno u otro campo tiende a movilizarse únicamente en las elecciones locales y autonómicas, algo menos en las generales y mucho menos en las europeas. Obsesionado por defenderse del nacionalismo o por extender su dominación, el votante corriente no encuentra estímulo alguno en elegir un Parlamento en la lejana y ajena Bruselas. Consecuencia inmediata: que los partidos nacionalistas de la Galeuscat y otros socios deben coaligarse para sacar un par de escaños –cuando con unos resultados semejantes a los de las generales y autonómicas tanto CIU como PNV sacarían los suyos propios-, y que los partidos percibidos como básicamente antinacionalistas por el electorado también tienen muchos menos votos. Es lo que nos ha pasado en Galicia y País Vasco: que nos ven como antinacionalistas a la defensiva, de modo que los mismos que nos votan para que les protejamos del PNV o del PSG-BNG, se quedan en casa si no perciben peligro (al PP vasco le ha pasado tres cuartos de lo mismo). No acaban de entender que las razones para oponerse al nacionalismo son las mismas que reclaman apoyar la mejora de la democracia como sistema de instituciones, incluidas las españolas y las europeas. Por lo tanto, lo que hay que combatir es la reducción de nuestro proyecto a una forma de antinacionalismo, sobre todo porque no tiene nada que ver con esa triste simpleza. Tenemos que ganar los votos de la regeneración de la democracia, no sólo los de los adversarios o enemigos del nacionalismo. Es cosa de trabajar en esa dirección. En Cataluña, además, se añade el vertiginoso fiasco de otras iniciativas antinacionalistas anteriores, junto a la abstención record de España. La cosa no va a ser fácil, aunque no tienen nada de imposible: nos implantaremos allí y también creceremos, pero a un ritmo diferente y venciendo dificultades peculiares. |
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